La floristería siempre ha existido en la intersección de la artesanía y el arte. Las flores son un material natural, hermosas por sí mismas, pero es el florista quien las transforma en una historia, una emoción y una imagen. Si bien antes un ramo se percibía como un regalo tradicional o un elemento de decoración de interiores, hoy en día cada vez más floristas trabajan con un estilo propio, donde los arreglos se convierten en verdaderas obras de arte.
El cliente de hoy no solo quiere "12 rosas en un paquete". Busca singularidad, emoción, un código visual que refleje su carácter y estilo de vida. Un ramo se convierte en un lenguaje de comunicación y parte del espacio cultural.
La floristería tradicional se basaba en la repetición: rosas, tulipanes y gerberas en combinaciones familiares. Pero las nuevas generaciones de clientes están creando una demanda de diseños únicos.
La floristería está cada vez más integrada en el mundo del arte y el diseño.
Hoy en día, los arreglos florales se han convertido en parte del código cultural.
Los ramos ya no son simplemente "flores" y se están convirtiendo en una nueva forma de comunicación, donde la floristería habla el mismo idioma que la moda, la música y el arte contemporáneo.
La floristería está yendo mucho más allá de la tradicional compra de un ramo para una fiesta. Se está convirtiendo en un arte en toda regla, donde un ramo es un objeto artístico, un símbolo, una expresión emocional. Para un florista, esta es una oportunidad no solo para ganar dinero, sino para crear cultura y marcar tendencia.
Quienes se atrevan a trabajar en la intersección de los negocios y el arte podrán atraer a un nuevo público y alcanzar un nivel completamente nuevo en su profesión.
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